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Cuarentena (Exil und Rückkehr)


Título original: Cuarentena (Exil und Rückkehr)
Dirección: Carlos Echeverría
Guión: Osvaldo Bayer
Música: Pedro Menendez
Fotografía: Heribert Kansy, Henning Stegmüller.
Montaje: Fritz Baumann
Intervienen: Osvaldo Bayer
Año: 1983
País de produccón: Alemania (RFA)
Duración: 85 min.


"Después de esperar la oportunidad del retorno, la democracia argentina asoma como un antídoto para hacer renacer la esperanza de quienes se vieron obligados a abandonar su tierra. El regreso a la Argentina de Osvaldo Bayer, luego de sus años de exilio en Alemania. "






El viaje del regreso *1

La experiencia de exilio y desexilio de Osvaldo Bayer retratada en Cuarentena, exilio y regreso —un título que es ya un programa de viaje–, se enmarca en el inicio de una etapa compleja designada como “transición democrática”, nominación que es en sí misma metáfora espacial y de movimiento aglutinan-do las ideas de tránsito, traslación y transformación entre regímenes de experiencia. Tal como en el concepto de viaje aquí también aparecen las nociones de desplazamiento e interacción. Precisamente, cuestionando la certeza de un supuesto estado final a alcanzar que se cristaliza, el film dirigido por Carlos Echeverría da cuenta de cómo en el tiempo de la transición se sobreimprimen permanencias del pasado (continuidad) y diferencias con él (rupturas), revelando en qué formas, en tanto construcción social, la sociedad democrática va configurando la vida en común, la cultura, los modos de existencia colectiva y la reaparición del diálogo en la praxis política. En un sentido amplio, el film se hace testigo del viaje de regreso de la democracia, incluyendo el entusiasmo por y la dificultad de la configuración del consenso heterónomo para hacerse cargo del pasado, otorgando estabilidad institucional al presente.

Si la película da cuenta de un momento de revisión de lo acontecido y proyección del porvenir, es porque la transición democrática activó y legitimó un marco de relaciones de poder que organizaron y regularon la producción de olvidos y recuerdos, es decir, puso en marcha determinada política de la memoria.En medio de la despolitización de la sociedad, la des-socialización de la política y el repliegue ciudadano a la esfera privada (cuando el individuo se convirtió en la unidad social por excelencia), Cuarentena... expone la emergencia de nuevos actores sociales contestatarios —militantes de or-ganismos de DD.HH.–, escenarios de evocación polémica y escenarios de olvido regulado, en tanto formas colectivas de procesar conflictos que ligan de formas muy distintas pasado, presente y futuro.

Sin embargo hay que señalar que el film bebe de polémicas previas al viaje de retorno de Bayer y no sólo de la coyuntura histórica de las elecciones presidenciales. En el exterior, buena parte de los intelectuales podían sentirse identificados con las palabras de Héctor Schmucler, quien decía: “¿Cómo se implica nuestra subjetividad para pensar la Argentina de adentro, desde esta otra Argentina de fuera que constituimos? ¿Cómo evitar que marchen paralelamente, es decir, que nunca se toquen?”. 



Precisamente, durante la década del setenta y comienzos de los ochenta el exilio marcó no sólo el locus topográfico de ciertos testimonios de denuncia en campañas de solidaridad y defensa de los DD.HH., sino que fue motor y motivo teórico de reflexiones y debates en revistas como “Controversia” (1979-1981), que aglutinaba a un conjunto de exiliados argentinos en México y en la cual colaboró Osvaldo Bayer. En esa publicación aparecen varios núcleos problemáticos que serán claves para poder pensar, imaginar y proyectar lo que será la transición democrática desde una revisión crítica de las trayectorias militantes de la izquierda revolucionaria argentina.

A partir de la concreción del viaje de regreso a la Argentina y su memoria subjetiva, Bayer es protagonista de un retrato repleto de motivos elípticos que hace dialogar pasado y presente, exilio y desexilio, Berlín y Buenos Aires. En un marco de intimidad y complicidad especial entre cineasta, “personaje” y espectador, se despliega un flujo discursivo que combina la comunicación de la experiencia vivida y sus sentimientos a través de la voz off del historiador, y un relato que parcialmente responde a las formas del documental observacional. Cercano a la autobiografía, la “figura en el retrato” permite reflexionar sobre un fresco de problemas sociales, a la vez que expresa y da cuenta del compromiso personal con causas históricas. Los elementos biográficos, la inclusión de registros de la vida cotidiana privada y sus objetos, se enlazan con la serie socio-cultural y sus materiales de archivo recuperados y re-interpretados, para configurar una lectura que, aunque singular, interpela a lo colectivo: el con-junto de los exiliados, y la sociedad toda que “hace volver” la democracia. La película no sólo es un documento del regreso, sino un discurso que legitima “el exilio de los argentinos” y su activismo internacional—“a pesar de los errores, las derrotas, los resignados” como advierte Bayer en el film–.Estudios recientes31 han señalado que el documental post 1983 estuvo mayormente vinculado a la idea de información que a la de interrogación, explicando el presente político en relación con los grandes procesos históricos desde cierto tono didáctico y normativo. De ahí que el uso de materiales de archivo fuera, en general, ilustrativo, sin formularle preguntas y utilizándolo como prueba indicial sobre cierta argumentación preexistente al film, implicando “un déficit epistémico”. 

La especialista Paola Margullis sostiene que en estos casos la innovación formal tendió a ser resignada en pos de fomentar un ideal de consenso. Pero también existiría otra serie de films que, sin difusión comercial, abordaron el pasado reciente y no un extenso período de tiempo desde perspectivas puntuales que “no intentan minimizar el conflicto sino que, por el contrario, abren toda una línea de preguntas, incertezas y denuncias en torno de los horrores vividos durante la última dictadura militar”. 

Cuarentena... integraría este segundo grupo, donde la tensión singular-colectivo carece de una solución totalizante y se escenifican distintos discursos y situaciones no intencionadas, en las que el espectador construye su propio sentido. El film es en un doble sentido reflexivo: “reflexivo por la tendencia a incorporar elementos del lenguaje fílmico (narradores, guionistas, equipos técnicos) a la representación, y también por la apelación al juicio crítico del espectador, menos condicionado por la mera identificación sentimental o emotiva con los acontecimientos narrados”. Además, en Cuarentena la apropiación de imágenes de películas precedentes, archivos televisivos y fotográficos, no se da en función de un uso transparente e ilustrativo sino que se convierte en “detonante de encuentro para la memoria”; mientras que la subjetividad de Bayer es el centro de gravitación del relato, rasgo que adelanta la “batería discursiva del documental en primera persona”.

La película muestra el retorno a un espacio arrasado a través del recorrido delincuente, in situ, sobre una geografía afectiva y mnémica bifronte: el cuerpo de Bayer está afectado, o en resonancia con dos geografías urbanas trastocadas a las que su andar resignifica, historiza, poniendo en relación otros espacios y otros tiempos. En ese itinerario por las ciudades de Buenos Aires y Berlín se materializan distintas dinámicas de elaboración situada del exilio y el desexilio, que van desde la observación y la remembranza, al activismo. Todo se orienta hacia un trabajo y narrativa mnémico-espacial que facilite la continuidad de su identidad subjetiva aún a sabiendas que ya está fracturada y desarticulada de una improbable representación colectiva: se trata de un trabajo imposible, y por ello justo. De ahí el permanente ir y venir del relato (fílmico) y la narración (en off) “entre ciudades”, cuestionando el espacio nacional uniforme y el tiempo lineal cronológico, remarcando la dislocación, el defasaje de espacios y temporalidades, donde pasado y presente coexisten, sin completitud de uno sobre otro.

Por eso para describir la dinámica que configura al exiliado que se desexilia, el relato subraya sus dos polos constituyentes: las dos ciudades tienen un tratamiento cromático que permite distinguir (y a la vez reunir) el pasado reciente del presente, el exilio del desexilio, sin que ello equivalga a una mirada edulcorada del regreso. Muy por el contrario: tanto el relato como la narración off (a veces poética a veces periodística) son cautas, prudentes, frente a la dominante tónica triunfalista.El  tratamiento  de  los  temas  de  la  película  es  bifronte,  en  correspondencia  con  cada  “orilla”  espacio-temporal constituyente del desterrado. Si el relato fílmico adquiere esa forma no es sino porque el protagonista, delincuente, cuenta con una doble afiliación cultural: su pertenencia idiomática (español y alemán) y el vaivén cronotópico remarca un tipo de subjetividad no dialéctica, sin síntesis conciliatoria alguna cuyo “(...) desplazamiento migratorio duplica (o más) el territorio del sujeto y le ofrece o lo condena a hablar desde más de un lugar. Es un discurso doble o múltiplemente situado”.

Frente a un contexto opresivo donde la supresión de la disidencia se realizó material y simbólicamente mediante muerte, desapariciones y un discurso que impuso la abrumadora presencia del “nosotros” autolegitimado del poder militar, la voz en primera persona de Bayer que en off hilvana toda la película, es disrupción enunciativa, balbuceo del por-venir democrático: una forma de reelaboración de espacios sociales, territoriales y culturales que los demarca de la expresión oficial. La autoinstitución de la Junta Militar Argentina como fuerza protectora del interés general y garante del (des)orden o, “esta no demasiado discreta manipulación de un modelo discursivo fue utilizada para controlar la proliferación de sujetos hablantes dentro del Estado, normalizando las expresiones públicas en un intento de volver pasivos a los sujetos (...)”. En tensión con esta “pasividad” impuesta, devolver al centro del discurso a los cuerpos a través de la voz y el caminar en el audiovisual permitiría “dejarlos hablar” de su propia opresión, exponiendo las marcas del régimen hacia la reconfiguración de su identidad como voz disidente-delincuente: es la restitución de la diferencia enunciativa, la recuperación de las voces en sordina.


La enunciación del film se sitúa en el linde que media lo público y lo privado, a partir de una mirada-voz que, a distancia, elabora el sentido a partir de capas superpuestas, a la manera de un palimpsesto. Inicialmente, la cámara acompaña y se pliega al recorrido de Bayer, y luego se independiza, plantea un tipo de reflexión expectante, necesaria para un presente histórico convulso, dramático y abigarrado: se constituye como una mirada que pivotea entre la resistencia (al terror) y la esperanza (por la fiesta democrática que llega). El retorno del film sobre sí mismo se da a la par del retorno físico de Bayer, y el socio simbólico de la democracia: un triple volver a mirarse, re-enlazando temporalidades y espacialidades. Precisamente, los fragmentos insertos de la película La patagonia rebelde (Héctor Olivera, 1974) o los archivos televisivos recuperados —tanto de programas alemanes de discusión política y debate, como de documentos militares difundidos en cadena nacional–, sufren un cambio de dimensión, un énfasis que permite la comprensión del curso del tiempo y subraya su ser construcción social.  En ese vaivén observacional y reflexivo del relato, tanto sobre su protagonista como de sus materiales visuales, se construye un punto de vista liminal, de entrevistas, portador de incertezas, que asume el sesgo y la complejidad de la revisión del pasado y la re-construcción de sus múltiples sentidos siempre en función de un presente contradictorio “(...) que no suponía sólo un limpio y directo corte entre responsables y víctimas (...) sino que exigía adivinar fisuras más profundas y anteriores en la sociedad argentina, volver visibles zonas más fluidas o relegadas, lo cual implica rearmar el mundo vivido y conectarlo, por un lado, con el pasado, por el otro, con la esfera pública y la dimensión intelectual y moral”.

Perteneciente al campo de los documentales de la memoria, este film del retorno comienza reproduciendo un fragmento del “Informe final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo” difundido el 28 de abril de 1983, que buscaba clausurar el debate por los reclamos de DD. HH. legitimando el aparato represivo (precisamente el segmento reproducido explicita la consideración  de  muertos,  a  todos  los  desaparecidos).  El  propósito  de  incluir  inicialmente  este  intertexto  puede  ser  la  delimitación  del  discurso  contra  el  cual  la  película  se  construye,  en  tanto  busca ser respuesta simbólica y política a esa pretendida autoamnistía, así como también denunciar el uso político (y encubridor) de los medios de comunicación. La forma de impugnación elegida es documentar—y legitimar– el viaje de regreso de Bayer para cuya concreción se hace necesario comprender los motivos del desarraigo y la experiencia exiliar en Europa. Si el enlace entre lo privado y lo público, el exilio y el desexilio, el pasado y el presente fué la inquebrantable tarea política y vital del historiador en su destierro, a través de la recurrencia de imágenes del escritorio y la máquina de escribir —lugar de resistencia e insistencia intelectual– el relato condensa la praxis y personalidad de Osvaldo Bayer (los motivos de su exilio, la práctica laboral e intelectual durante el mismo, y la proyección en el desexilio convergen allí). Hacia el final del film el protagonista dirá sobre sí: “Informarse como antídoto del olvido, contra la resignación. Informarse para informar a otros. Escribir en un estilo polémico para provocar la discusión y estar alerta”. 




Dado  que  el  viaje  es  la  oportunidad  de  reinventar  el  tiempo,  rehabilitando  el  pasado  desde  una perspectiva diferente, hallando similitudes o contrapuntos con el presente, será frecuente que el relato establezca paralelismos visuales y simbólicos entre los discursos y prácticas políticas de los años ‘20 —correspondientes al anarcosindicalismo–, los ‘70 —la represión sufrida y encarnada en los desaparecidos y torturados– y ‘80 —de organizaciones de DD.HH–. De este modo Echeverría puede poner en relación la manipulación de la información y la censura de ayer —insertando escenas del film de Olivera donde se ven afiches que prohiben cualquier reunión política–, y de hoy —incluyendo una polémica protagonizada por Bayer en la TV alemana donde se discute la ilegitimidad de una supuesta “unión” de los argentinos debido a la guerra de Malvinas—. En otra secuencia este procedimiento se repite: mientras un militante santiagueño cuenta en Berlín su experiencia de tortura en la cárcel, el relato escenifica el castigo y la condena a muerte con imágenes del film de Olivera, enlazando a los desaparecidos de ayer (fusilados y quemados en la Patagonia), con los del presente (en las cárceles clandestinas). 

Cuando Bayer emprende “la vuelta”, como preámbulo a su llegada al aeropuerto argentino el relato pone en relación otro tiempo y otro espacio de control militar: las listas negras del nazismo. Los planes sistemáticos de exterminio, la quema de libros (sea en Berlín o en Córdoba), la persecución ideológica de ayer y de hoy son homologados bajo la misma órbita de violencia e intolerancia. La tensa espera en la aduana, y el trámite “sin inconvenientes” desorientan a Bayer que, una vez en camino a la ciudad, trata de encontrar referencias espaciales conocidas preguntando al taxista que lo lleva: “¿Cambió mucho todo esto?”. Si en un primer momento, la voz off del protagonista homologará los recorridos hacia y desde el aeropuerto, rápidamente aparecerán las pérdidas, las ausencias.

Bayer recorre la ciudad en trayectorias improvisadas desde una posición de espectador ambulante y suspicaz. Un extranjero en plena patria que no podrá votar, pero seguirá de cerca el devenir político de esos días previos a las elecciones explorando las calles en efervescencia: un espacio público que había sido vedado y ahora se “descongelaba”. No es casual, como decíamos más arriba, que el intertexto principal con el que discuta la película sea el “Informe final...” donde durante casi 40 minutos se insiste en representar el espacio público entre 1973-1979 como un lugar desordenado, fracturado, penetrado por la agresión terrorista a través de bombas, destrucción física y violencia. En suma, un espacio en guerra, “sucio”, desarticulado socialmente: “(...) en el Documento final las imágenes apelan a una memoria visual del espectador, no a un recuerdo concreto de acontecimientos concretos, sino a una memoria de la violencia como hecho global”. 

Como respuesta a esas imágenes, Cuarentena... se encarga de mostrar una ciudad que impugna esa supuesta paz reestablecida a través de la enunciación delincuente del caminar-visual de Bayer, un exiliado desexiliándose que historiza y politiza espacios y formas de grupalidad: si la así llamada “comunidad nacional” en el “Informe...” es representada sin organización política en tanto aglomeración anónima, urbana y de clase media; el relato fílmico repondrá una imagen activa, organizada, festiva y plural de las masas movilizadas. Pero también, y no es menor, la banda de sonido subrayará la potencia desbordante de distintos sectores sociales que recorren la ciudad, se apropian de sus espacios y los habitan con graffitis, pintadas y afiches, manifestaciones, mitines callejeros, campañas en la vía pública, etc. Las voces, sonoridades y discursos diversos que se superponen caóticamente exhibiendo la presencia de la diferencia, evidencian la dificultad e incluso incapacidad del diálogo y el trabajo conjunto.52 Cuando el escritor “vuelve al barrio”, a su casa materna, el film se encarga de subrayar que allí también la reconstrucción de lazos, experiencias, temporalidades y espacialidades se desarrolla con dificultad, en la simultánea conciencia de los cambios producidos en el entorno (físico, socio-cultural y humano) y en el propio exiliado, bajo una resignificación comparada.

(Leer artículo completo)

Extracto de una entrevista a Carlos Echevarria en relación a "Curentena" por Carolina Bartalini. *2

¿Cómo fue el origen de Cuarentena...?

La  película  empezó  cuando  yo  estaba  en  segundo  año  de  la Escuela de Cine en Múnich y me dieron unas seis u ocho latas de  películas  en  blanco  y  negro.  Yo  tenía  que  hacer  algo  con eso,  una  primera película  de  práctica,  podía  ser  un documental, una ficción o lo que sea. Después se dio una serie de casualidades, hubo un productor –que no era productor sino que  se  lanzó  a  ser  productor  en  ese  momento–y  preparó  una gira por distintos canales de Alemania, al poco tiempo que yo volvía  de  Berlín  a  Múnich,  y  me  pidió  si  yo  tenía  algo.  Él estaba juntando cosas de distintos cineastas, estaba buscando material  para  ofrecer.  Se  llevó  una  caja  con  unos  diez proyectos, yo alcancé a darle un manuscrito. No habían pasado ni  veinticuatro  horas  y  me  llamó  de  la  ciudad  donde  está  el segundo  canal  alemán  y  me  dijo  que  lo  único  que  les  había interesado  de  todo  lo  que  él  tenía  era  lo  mío  y  que,  por favor,  viajara  para  allá  con  una  torta  con  todo  el  material blanco  y  negro.  Entonces,  yo  fui  para  allá  con  parte  de  ese material y con los textos que pensaba incluir, algunos, y ahí tuvimos  una  charla  común  tipo  que  tenía  mucho  poder  en  el canal  y  estaba  interesado  en  ver  qué  se  podía  hacer.  Yo  le dije que la idea de la película –hasta ese momento la idea era una utopía– es que Osvaldo Bayer quiere volver a la Argentina antes de que termine la dictadura. Entonces lo que tendríamos que conseguir es volver antes con él y hacer una parte allá. Esto rompía un poco con la forma de trabajar de ellos que es que preproducen dos años antes, y esto era a tres meses.Sin embargo,  pasó  un  mes  y  llegó  la  decisión  de  que  sí,  que apoyaban,que ponían la plata. Así que le dije a Osvaldo Bayer que “se iba a cumplir su sueño”, ahí pareció que no era tanto un sueño, pero bueno, no le quedó otra que subirse al avión. Era  riesgoso.  La  familia  se  enojó  mucho  conmigo  porque  lo ponía en riesgo también.

Es  decir,  que  la  financiación  de  la  película  posibilitó  el viaje de Bayer de regreso del exilio...

Y sí. Yo no sé cuándo él hubiera venido. En algún momento hubiera  venido,  supongo.  Igualmente,  no  se  instaló  acá  hasta fines de los 80 o principios de los 90.

¿Cómo fue ese viaje?

Volvimos  juntos,  lo  filmé  yo  en  el  avión  y  en  una  parte aparezco  también  sentado  al  lado  de  él,  en  una  imagen  (estoy muy  cambiado).  Así  que  el  viaje  sirvió  para  terminar  la película  (la  primera  parte  la  había hecho  en  Berlín).  En  la película  se  ve  cuando  Bayer  hace  la  cola  para  pasar  el pasaporte,  es  el  momento  de  mayor  tensión  que  él  muestra, porque  era  una  cuestión  real.  Para  poder  hacer  eso  yo  pasé gran parte de la noche –porque no podía dormir–en la cabina, charlando con los pilotos,  entonces terminamos arreglando que ellos  me  dejaban  salir  a  mí  con  los  equipos  con  la  primera clase, que tiene una puerta aparte y que me aguantaban diez o quince  minutos  hasta  que  pasara  mi  pasaporte,  y  el  equipo también, y nos plantáramos con la cámara y después largaban a los pasajeros. Por eso se pudo filmar esa escena.

¿Cómoconociste a Osvaldo Bayer?

Yo había vuelto a la Argentina un tiempo antes, en agosto del 82, para hacer el rodaje de los chicos entrenados por la Gendarmería,  la  Gendarmería  infantil,  y  ese  corto  fue  el  que me  abrió  las  puertas  a  Osvaldo. Lo  había  conocido  antes  un poco por casualidad, pero cuando él quiso saber de dónde había salido yo, le mandé el video ese. Eso me dijo en ese momento la  hija, que  le había  impactado.  Nos  conocimos  mandándonos tarjetas postales, y después, yo justo hice un trabajo para la Televisión del Oeste de Alemania y tuve que ir hasta allá para editarlo, y él había sido invitado a uno de los programas, que después aparece en la película también, así que nos saludamos por primera vez en un pasillo del canal. Es el programa en el que está con el subsecretario de Relaciones Exteriores.

Fuentes de información: *1 Extracto del artículo "Cuarentena, exilio y regreso: Viaje, memoria y transición medocrática en el cine documental argentino" por María Gabriela Aimaretti (Universidad de Buenos Aires), Dossiers "Cine y política"*2 Entrevista a Carlos Echevarria en relación a "Curentena" por Carolina Bartalini, publicada en Revista Cine Documental

Agradecimientos a Luis Zurc por mostrarnos este documental.

Ver completo en Youtube subido por el FAB FestivalAudiovisualBariloche

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Citizenfour

Título original: Citizenfour
Dirección: Laura Poitras
Fotografía: Laura Poitras, Kirsten Johnson, Katy Scoggin, Trevor Paglen
Edición: Mathilde Bonnefoy
Sonido: Frank Kruse, Laura Poitras, Judy Karp
Música: Hans Schumann
Producción: Steven Soderbergh, Jeff Skoll, Diane Weyermann, David Menschel, Tom Quinn, Sheila Nevins
Productora: Praxis Films
Año: 2014 
País de producción: E.E.U.U., Alemania
Duración: 114 min
Web oficial: https://citizenfourfilm.com/










En el 2013 la cineasta Laura Poitras comenzó a recibir correos electrónicos de parte de un tal “citizen four”, quien estaba a punto de denunciar programas de espionaje secreto coordinados por agencias de inteligencia y seguridad. Poitras voló a Hong Kong para encontrarse con quien resultaría ser Edward Snowden. Esta película es el resultado de ese encuentro: un thriller de la vida real, un retrato de Snowden y una experiencia profundamente perturbadora.


Reseña por: Marie-Ève Parenteau 

A raíz del auge de Internet quizá estemos viviendo la forma más evolucionada de control y vigilancia que se haya desarrollado desde la invención del panóptico, en el siglo XVIII, por el filósofo Jeremy Bentham. El panóptico se refiere a un ingenioso sistema arquitectónico de observación que permitía a los guardias de las cárceles no sólo vigilar a todos los prisioneros de un solo vistazo, sino provocar en ellos una sensación permanente de acecho, de omnisciencia invisible. Con el tiempo, esta idea se convertiría en un fuerte dispositivo de poder, estudiado por filósofos como Deleuze y Foucault, y funcionaría como un mecanismo de control que eventualmente permearía a toda la sociedad.

En la primavera del 2013, mientras se encontraba en plena investigación para un futuro documental sobre el tema de la privacidad y los abusos en este rubro por parte del gobierno estadounidense, la reconocida periodista y realizadora Laura Poitras —My Country, My Country; The Oath— empezó a recibir mensajes encriptados de un tal CITIZENFOUR. Esta comunicación la llevaría a Hong Kong, donde se encontraría con un joven cuyo nombre posteriormente haría correr mucha tinta: Edward Snowden. Durante 8 días, en junio de 2013, desde el encierro en un cuarto de hotel donde también fueron citados los periodistas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill, Poitras va narrando con una fuerte sensación de urgencia los momentos cruciales detrás de las famosas declaraciones de Snowden sobre los programas de vigilancia masivos que operan los distintos organismos de inteligencia. Estas revelaciones cambiarían drásticamente las dinámicas de las relaciones internacionales contemporáneas. Sin lugar a dudas, hay un mundo diferente antes y después de las declaraciones de Snowden.


CITIZENFOUR es un documental honesto y hábilmente narrado, que nos revela a un Snowden humilde, vulnerable y muy idealista, pero que al final nos transmite la angustia y la paranoia de ser observados constantemente, como si estuviéramos ante un panóptico, proyecto que nunca se concretó como Bentham había esperado, pero que actualmente ha cobrado formas que seguramente jamás imaginó.  



Fuentes de información: Ambulante 2015


Yo he sido, yo soy, yo seré

Título original: Ich war, ich bin, ich werde sein (Yo he sido, yo soy, yo seré)
Dirección: Walter Heynowski, Gerhard Scheumann.
Sonido: Manfred Berger, Freymouth 
Montaje: Walter Heynowski, Gerhard Scheumann.
País de producción:  República Democrática Alemana (RDA)
Productora: Studio H&S
Distribución: VEB Progress Film-Vertrieb (1974) (East Germany) (theatrical)
Formato: 35mm, B/N.
Idioma: Castellano
Año: 1974
Duración: 75 min.












"Testimonios de Chacabuco y Pisagua, los principales campos de concentración del norte de Chile. Documentos de una solidaridad silenciosa y trágica en una humanidad que intenta sobrevivir con el fin de lograr presenciar de alguna manera el futuro. 
 
 

 

 Dirigida por Heynowski & Scheumann. El Studio H&S fue un taller de documentales políticos con sede en Berlín Oriental, en ese entonces capital de la RDA. Sus fundadores fueron Walter Heynowski (nacido en 1927) y Gerhard Scheumann (nacido en 1930 y fallecido en 1998). Ambos fueron miembros de la Academia de las Artes y en dos ocasiones recibieron el Premio Nacional de la RDA. Durante más de 15 años ocuparon altos cargos en la prensa, radio y TV, antes de formar en 1965 un colectivo artístico junto al camarógrafo Peter Hellmich, autor de las imágenes rodadas en Chile. El sello H&S fue enormemente productivo, con 71 películas en 26 años, donde destaca ciclo dedicado a Chile, con seis películas y tres cortos. Si bien las locuciones utilizan un lenguaje más usado en esa época que hoy, las imágenes siguen teniendo un gran valor testimonial y son documentos históricos sobre nuestro pasado reciente."*1
 
 

 


"La película es un crudo registro de lo que sucedía en los campos de concentración de Chacabuco y Pisagua en 1974, durante la dictadura. Los documentalistas, provenientes de la República Democrática Alemana, adulteraron sus documentos, y apareciendo como cineastas de la RFA lograron ser autorizados para ingresar a los referidos centros y registrar lo que estaba sucediendo al interior de ellos." *2



Fuentes de información: *1 Solidaridad con Chile, *2 UV Chile, Nicolás Tapia, IMDB.



¡Vivan las antípodas!


Título original: ¡Vivan las antípodas!
Director: Victor Kossakovsky
Guión: Victor Kossakovsky
Música: Alexander Popov
Fotografía: Victor Kossakovsky
País de producción: Alemania, Holanda.
Formato: 35mm
Año: 2011
Duración: 108 min.
















"Viajando en una remota región de Argentina, llegué a un pequeño poblado con sólo tres casas al borde de un acantilado y un pequeño río que corría por el cañon distante. Bajo la luz del atardecer, este parecía ser uno de los más hermosos y pacíficos lugares de la Tierra. La imagen de un hombre parado en un puente que atravesaba el cañon pescando con una línea de 25, 30 metros, me hizo preguntarme: ¿Qué pasaría si extendiera esta tanza mucho más lejos, a través del centro de la Tierra? ¿Qué encontraría al otro lado del mundo? Resultó ser Shangai, uno de los lugares más poderosos, explosivos y ruidosos del planeta. Fue así como nació la idea de esta película.

Luego descubrí que la mayor parte del planeta está cubierto por agua, hay muy pocos sitios con lugares habitados que tengan antípodas. Por ejemplo, en todo Europa, sólo España tiene antípodas, Nueva Zelandia. En los Estados Unidos sólo Hawai, que es antípoda de Botswana, a su vez la única verdadera antípoda africana. Filmamos en los más bellos lugares del mundo que son en mi opinion, Lago Baikal y Cabo de Hornos. A veces uno tiene una buena idea para una película, pero una vez que la haces, te das cuenta que la idea era mejor que la realidad. En ¡Vivan Las Antípodas! fue al contrario. La idea estaba bien, pero luego descubrí que la realidad es todavía más increíble y sorprendente." *1



O como filmar lejos de la Historia *2

Ver una película de Viktor Kossakovsky presentada por su propio autor, ciertamente es un espectáculo. Es un contertulio polemista y divertido, siempre proclive a la hipérbole y a la auto-mitificación, alguien que entiende claramente el cine como show business, fundamentando los logros de sus películas en la genialidad o en la fortuna. O dicho de otra manera, a causa de un inexplicable don, aunque sea difícil escapar de la saga que como un pie de foto acompaña sus películas. Si Antonioni decía que la historia del cine la hacen las películas, la historia de las películas debería estar en la pantalla.

Hay películas que suelen inventarse dispositivos que posan su eje en la forma cinematográfica; dispositivos que, entendidos como un encuadre, definen sus límites como amplios campos de acción; dispositivos en los que los formatos, los soportes o los propios medios de producción de una imagen son pensados como si de una epopeya se tratase. Es allí donde se encuentra parte del espíritu formalista del cine documental: la preocupación tanto por el significado como por el significante. Si Deleuze afirma que los dispositivos son máquinas para hacer ver, el cine entonces es todo dispositivo: ¿qué otra cosa sería la luz, la cámara o la acción sino dispositivos puros? Pero hay dispositivos de la visión y otros dispositivos que podríamos denominar de la mirada. Estos últimos serían las coordenadas que establecen el eje desde donde reformular lo que entendemos por realidad; y estos dispositivos son, posiblemente, los que vibran al unísono si cada cuerda pulsada corresponde con el tono adecuado.

Viktor Kossakovsky es un constante inventor de dispositivos: la búsqueda de personas que nacieron el mismo día que él (Wednesday) o la filmación de su barrio desde la ventana de su apartamento (Tishe!), por ejemplo. Con mayor o menor efectividad, estos mecanismos nos descubren lo real organizado según criterios de catalogación: una sucesión de retratos con un aniversario como común denominador en la primera o una mera acumulación de vicisitudes en un cruce de calles en la segunda. Pero, ¿estos atajos llevan hacia algún sitio? Como dispositivos son enormemente evocadores, conectándonos con una de las primeras fotografías de la historia, Vista desde la ventana en Le Gras de Niépce  (imagen que el director utiliza además como logotipo de su productora) o realizando un corte transversal de una generación. En ambos casos, estamos ante algo más parecido a un estudio cuantitativo que a una película nacida de un tamiz ególatra como declaración de intenciones, porque tanto una como otra no logran transformar el dispositivo en un medio, pues éste es el principio y el fin.
En ¡Vivan las antípodas!, la última película de Viktor Kossakovsky, el dispositivo es tan potente que su resultado se parece más a una ecuación que a un film documental. ¡Vivan las antípodas! es un compendio de cuatro oposiciones binarias que resuenan a estructuralismo simbólico pero que se sitúan lejos de cualquier inmersión seria en el significado porque relegan a la determinación geográfica toda asociación posible entre los pares: Botswana y Estados Unidos, Chile y Rusia, Argentina y China, España y Nueva Zelanda, ¿están relacionadas sólo por su condición de antípodas del otro?

Para Kossakovsky los une, además de la idea inofensiva de hacer un agujero en la tierra para atravesarla y salir por el otro lado, su figura y su artilugio cinematográfico que juega constantemente, en vez de disgustarse, con la desorientación horizontal. Cualquier alusión político-social entre las antípodas del primer y del tercer mundo brilla por su ausencia. La periferia y el centro, oriente y occidente, lo rural y lo urbano son entendidos desde la perspectiva multicultural más burda y naïf, estetizando frívolamente, exotizando flagrantemente. Al realizador ruso le interesa, al parecer, sólo el drama dentro del cuadro, relegando a la reivindicación de la postal  o a la confirmación del tópico cualquier posicionamiento, como si lo inconsciente operara en todo lo que queda fuera de su interés. Ni siquiera en su velado (y único) posicionamiento crítico al desarrollo chino, que es más bien una omisión predecible y tendenciosa, logra encarnar su mirada sobre un dispositivo rico en conexiones transculturales. ¡Vivan las antípodas! es tan ornamental como aséptica. En ella, el cine y sus obsesiones más superficiales se anteponen a cualquier lectura justa sobre como nos vemos a nosotros mismos transversalmente, punción que de tanto en tanto nos reclama una reformulación seria y comprometida.

Si seguimos la idea de Deleuze, un dispositivo funciona cuando hace ver, pero ¿ver qué? El cine documental necesita inventarse mecanismos para afinar su capacidad alegórica, solventando la dificultad de plegar el mundo dentro un mueble compartimentado, y dependerá del carpintero que lo diseñe que éste termine siendo un cachivache, un instrumento útil o una obra de arte.


Kossakovsky es un cineasta fascinado por la forma. Su película Losev está montada con todo el material rodado,  pues 6 latas de 120 metros cada una equivalen en total a una hora aproximadamente , que es la duración del filme. En Sviato, el eje se desplaza hacia fuera, y el dispositivo no se utiliza como mecanismo metafórico, sino que deviene un instrumento de control que impide a su pequeño hijo contemplar su propio reflejo durante meses hasta que la cámara esté preparada para registrar a Narciso reencarnado. En toda la filmografía de Kossakovsky los elementos se reorganizan de manera que forma y fondo se traduzcan en un concepto hecho película, tensión mediante. Kossakovsky sabe impregnar de emoción la luz, la acción, un rostro, en definitiva, algo así como saber humanizar la forma, concentrándose en el drama.

Tres Romances (Pavel y Lyalya, Serguei y Natasha, Sasha y Katya), es otra reorganización numérica: tres parejas, tres edades  y tres tipos de amor (heterosexual), en la que una de ellas, Pavel y Lyalya, alcanza tal nivel de proximidad que es difícil no conmoverse con los personajes, lo que no ocurre con las otras dos historias, eclipsadas por la belleza de este amor maduro en Jerusalén. La relación del cineasta con los personajes debe influir en la profundidad conseguida, Pavel y Lyalya son amigos; los demás, según el propio cineasta, fueron producto de una investigación. En Los Belovs (otros conocidos del cineasta) funciona una relación inversa parecida al retrato a su maestro enfermo (Pável Kogan) y su mujer. A menor formalismo estructural, mayor calado emocional y mayor profundidad textual, es un argumento que puede parecer trillado (y no por ello menos cierto), que no quiere decir nada más que las películas más eficaces de Kossakovsky poseen ciertos aspectos comunes que están ausentes en el resto de su filmografía, sobre todo en sus trabajos más recientes.

El director ruso, quizás uno de los nombres que más entusiasmo generan en el documental más industrial (“de autor” e “independiente” como trademark) a pesar de haber hecho, con su última película, todos los deberes de la buena producción: cinco países en co-producción (el plano inicial consiste en siete minutos de créditos superpuestos sobre la imagen), música copiosa, fotografía exuberante, hipernitidez, paisajes recónditos y un puñado de buenas intenciones, no logra capitalizar las grandes expectativas depositadas en él. Un plano de ¡Vivan las antípodas! es el remate final de la fascinación desubicada que el director venía padeciendo hace un tiempo: sin pronunciar una sola palabra, la cámara atraviesa (literalmente) un derruido nongtang shanghainés. Flota a una altura artificiosa, mirando a los perplejos pobladores desde arriba, perfecta en su estabilidad, indolente en su interés, afectada en su trance, como si bailase al son de una siniestra canción que oye sólo quien lleva una gruesa armadura, ¡Vivan las antípodas!



Fuentes de información: *1 FilmAffinity, *2 Reseña de Carlos Vásquez publicada en Blogs&Docs.

El Acordeón del diablo


Título original: El Acordeón del diablo
Dirección: Stefan Schwietert
Intervienen: Francisco Rada, Antonio Jamarillo, Manuel Rada Oviedo, Alfredo Gutiérrez, Israel Romero, Jose Romero, Rafael Valencia
Año: 2000
País de producción.: Alemania, Colombia, Suiza
Duración: 84 min.





















Un barco alemán repleto de acordeones con rumbo a Argentina naufraga en una remota playa del caribe. Los nativos, que hasta ese entonces solo habían contado con los tambores de los africanos y las flautas de los indígenas, aprenden por si mismos a tocar este instrumento. Uno de ellos, de nombre Francisco Rada, adquiere singular virtuosismo en este instrumento y alegra a su pueblo con su don. El Diablo, celoso de sus cualidades musicales, lo reta un día a un duelo de acordeones, en el cual es vencido. Por su valor, el músico es desde entonces rebautizado como Francisco el Hombre.

Esta bien pudiera ser una fábula extraída de alguna novela de Gabriel García Márquez, pero es la verdadera historia del nacimiento del vallenato en Colombia, según el documental germano-suizo “El acordeon del Diablo” del director alemán Stefan Schwietert. 

Francisco el Hombre en realidad existe, y en el año 2000 tenía 92 años y unas cualidades interpretativas y mentales intactas. Comenzó a tocar el acordeón a los 4 años y se le considera como uno de los fundadores del vallenato. Hizo su carrera tocando de pueblo en pueblo y de fiesta en fiesta por unos cuantos pesos. En la película oímos de su propia boca su historia, sus canciones, su vida personal, y vemos su habilidad musical y la casi total pobreza en la que vive. Oímos además interpretaciones de otros músicos famosos de Colombia que rinden homenaje a Francisco Rada, y vemos su forma de vida, su idiosincracia, sus problemas y sus anhelos. Hay escenas en verdad memorables, como un duelo de acordeones entre dos jóvenes intérpretes herederos de la tradición de Francisco, y otra, en la cual unos músicos de orígen seguramente africano interpretan una maravillosa pieza en los tambores. Un documental muy agradable y lo recomiendo ampliamente. Además los ávidos lectores de García Márquez pueden satisfacer su curiosidad viendo en carne y hueso a las personas y los paisajes que inspiraron la obra del colombiano.





Extracto de el artículo "Una familia de artesanos colombianos reinventa el acordeón vallenato"


El organetto, del cual deriva el acordeón, lo patentó en Viena el austríaco Cyril Demian en 1829, y nadie discute su papel protagonista en la música vallenata de la costa norte de Colombia.

La historia de cómo llegó el acordeón a Colombia a finales del siglo XIX no está clara. Unos dicen que lo trajeron los marinos europeos que llegaron a la Guajira (península fronteriza con Venezuela) y otros afirman que un barco alemán naufragó y los indígenas cogieron los acordeones y aprendieron a tocarlos.

El cineasta alemán Stefan Schwietert cuenta en su documental “El acordeón del diablo” que un nativo llamado Francisco Rada se volvió un virtuoso del instrumento y en una pelea con el diablo, lo vence, y desde entonces se le conoció como “Francisco El Hombre”.

A partir de ahí nació la leyenda en torno al vallenato, un género musical que cuenta historias de amores y tradiciones de los pobladores del norte de Colombia y que muchos años después se popularizó a nivel mundial gracias al cantante Carlos Vives.

Su principal exponente artístico fue el maestro Rafael Escalona, autor e interprete de “La casa en el aire”, y desde 1968 se celebra el Festival de la Leyenda Vallenata sobre una tarima llamada “Francisco El Hombre”, en Valledupar, la capital del César.

El mismo Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez llegó a afirmar que “Cien años de soledad” era “un vallenato de 350 páginas”.

En esa joya literaria García Márquez pone a Aureliano a tocar el acordeón, del que dice “aprendió a tocar el fuelle nostálgico de oídas”, convencido de que cuando se escucha este instrumento a uno se le “arruga el sentimiento”.

Y para Domingo Vega, “el acordeón es un sentimiento grande, es casi el corazón de la humanidad, es un sentimiento que a pesar de que se toca con los dedos llega al alma”.*1



Henri Cartier-Bresson - The Impassioned Eye

Dirección: Heinz Bütler
Guión: Heinz Bütler
Producción: Heinz Bütler,Wolfgang Frei, Agnes Sire
Fotografía: Matthias Kälin
Montaje: Anja Bombelli  
Produce:  Xanadu Film AG, Foundation Henri Cartier-Bresson, Neue Zürcher Zeitung (NZZ).
País de producción: Alemania
Año: 2003
Duración: 72 min.











"Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje." 
Henry Cartier-Bresson.




Cartier-Bresson es un icono indiscutible de la fotografía del siglo XX. Su obra ha cambiado la forma de ver y trabajar de múltiples generaciones de fotógrafos. Esta es una mirada en alto contraste a las nueve décadas de vida de un genio de la lente.

        
Un apellido de leyenda

Un anciano observa embelesado una pintura medieval holandesa. Resopla con admiración. Señala con entusiasmo el rojo de un cuadro y sentencia: “La pintura es una meditación, la fotografía, una cuchillada”. Son escenas del documental Henri Cartier-Bresson: The Impassioned Eye (2003) de Heinz Bütler, una cinta que reúne una serie de conversaciones en las que el artista francés, ya nonagenario, se muestra como un hombre perfectamente lúcido, de una humildad extraordinaria.

Es difícil encontrar reseñas que hablen de él y no abunden en adjetivos grandiosos e hipérboles. Pieyre de Mandiargues lo llama “el más grande fotógrafo de la era moderna”. Roger Therond va más lejos y lo define como “Dios padre, el hijo y el Espíritu Santo”. Tal vez el perfil bajo y elusivo que el nativo de Chanteloup-en-Brie cultivó a lo largo de su vida se debe a esa fama desmesurada que lo acompañó durante décadas. Pero su sistemática huida de los reflectores sólo aumento su estatura mítica. Y es que en Cartier-Bresson se cruzan las virtudes de un artista de sensibilidad excepcional con un temperamento analítico, en un momento de la Historia donde justamente se necesitaba un fotógrafo con ese perfil.

La fotografía llevaba casi un siglo en la batalla por equipararse a las ‘artes mayores’, tratando de liberarse del estigma de ser un mero recurso de reproducción mecánica. Cuando apareció Cartier-Bresson a la mitad del siglo XX, Europa se encontraba lacerada por la guerra y con una atmósfera artística efervescente, con el surrealismo y la abstracción en el centro de un debate que cuestionaba las formas y los procedimientos en todas las áreas creativas. Henri salió a la calle y descubrió una aproximación nueva que sintetiza en un instante todas las cualidades de una imagen: dinamismo, composición, proporción y carga emocional.

Con él, la foto instantánea puede ser considerada arte con mayúsculas. Su larga vida estuvo dedicada por entero a una búsqueda estética sin par. El destino puso en sus manos una cámara y cumplió su recorrido con ella, enseñándonos en este proceso cómo el arte nace no en el medio ni la técnica, sino en la mente del autor que sigue su instinto de cazador de imágenes.



Cazador de instantes

Hijo de un próspero empresario textil, Henri Cartier-Bresson nació el 22 de agosto de 1908. A los cinco años, en el estudio de su tío Louis, un talentoso pintor, aspiró los aromas del óleo y encontró su vocación en las artes. Su elección profesional fue la pintura y a los 20 años comenzó sus estudios a nivel profesional con el pintor cubista André Lothe, compaginando el acercamiento a la pintura de vanguardia con frecuentes visitas al Louvre, donde analizaba las obras del Renacimiento y el Barroco. Fue una época de intensa formación estética. El joven Henri, lector ávido, se nutrió asimismo con textos de Dostoievski, Schopenhauer, Rimbaud, Mallarmé, Freud, Proust, Joyce, Hegel y Marx.

Hasta el final de sus días, el legendario galo se consideró más pintor que fotógrafo. “Amo la pintura”, comentó, “y en lo que concierne a la fotografía, no sé nada”. Una influencia decisiva fue su contacto con el movimiento surrealista, que buscaba lo onírico en lo cotidiano, empleando la cámara para registrar las anomalías de la calle. De este grupo Cartier-Bresson rescató la espontaneidad como filosofía artística. Pero la pintura no alcanzaba a llenar sus necesidades de expresión. En medio de esta encrucijada viajó a África; ahí se dedicó a la cacería, enfermó de gravedad y quedó profundamente impresionado por las duras condiciones de vida en el continente y así lo manifestó: “El aventurero dentro de mí se sintió obligado a dar testimonio de las heridas del mundo con un instrumento más rápido que un pincel”.

Inspirado por la obra del húngaro Munkacsi, autor de imágenes que congelaron movimientos rítmicos, el francés eligió la lente como nuevo instrumento. En esta tarea la tecnología conspiró a su favor y adoptó en 1932 una cámara Leica, la primera de tamaño reducido que resultaba una extensión del propio fotógrafo, permitiéndole perderse entre calles y multitudes con su herramienta a la mano. Henri contó entonces con una ligera, portátil y genuina trampa para atrapar instantes.


Ciudadano del mundo 

Cartier-Bresson viajó extensamente por Europa del este, España, la India y México (donde presentó su primera exposición individual). La fotografía se abrió paso a través de él, siempre guiado por su instinto, labrando mediante cada placa una fama que nunca persiguió con mayor afán del que puso en buscar el instante preciso de belleza efímera. Vivió entre los pobres, no fue dogmático pero tomó como suyos los movimientos sociales de resistencia al fascismo.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial se unió al ejército, en la unidad de cine y fotografía. Fue capturado y durante tres años hizo labores forzadas para los nazis, hasta que escapó en 1943. De esta época provienen algunos de sus mejores retratos, en especial las misteriosas tomas del viejo maestro Matisse.

Al finalizar la guerra cofundó a la agencia independiente Magnum, ganando así su completa autonomía e iniciando proyectos de fotorreportaje con imágenes libres de cualquier afán tendencioso, poseedoras de una naturalidad nunca antes vista. Su periplo lo llevó a Oriente, ahí documentó los últimos días de la dictadura del Kuomintang y la etapa inicial del periodo maoísta. En esta etapa encontró la filosofía budista que lo influenciaría profundamente: perturbar la Naturaleza lo menos posible, y aprehender el mundo tal y como es, serían enseñanzas que integraría a su trabajo.

La vida de Cartier-Bresson tuvo episodios que rayan en lo mítico. En la India, le mostró su trabajo a Mahatma Gandhi, que observó conmovido la imagen de una carroza fúnebre. “La muerte”, musitó repetidamente el pensador hindú. Momentos después, Gandhi salió a orar y fue asesinado. Henri, en aquella ocasión como en muchas otras, fue testigo de la Historia.


Legado en Blanco y Negro

En 1952 Cartier-Bresson preparó un libro retrospectivo para el que redactó una serie de ensayos conocidos como El momento decisivo, textos en los cuales dejó un legado inconmensurable que recuperó el sitio de honor que tiene el instinto sobre la razón en la vida del artista. Describió “el momento decisivo” como el acto de poner “el ojo y el corazón en un mismo eje para robar el momento que se escapa”. Así enseñó que la técnica es indispensable, pero más aún lo es el arte de aprender a ver. No es la herramienta sino el fino instinto del creador el único capaz de traspasar lo habitual y llegar a lo mágico. Esto abre la puerta para el fotorreportaje como una forma de arte y enseña a las generaciones venideras que no hay nada como tener los sentidos abiertos a lo inesperado.

Desde mediados de los setenta, Cartier-Bresson se alejó de la cámara para volver progresivamente al dibujo y a la pintura, su primera pasión. Su personalidad única fue descrita en la pregunta del escritor galo Yves Bonnefoy: “¿Como podía componer una escena con tantos elementos transitorios en una imagen tan perfecta en su detalles, como misteriosa en su totalidad?”. Partes significativas que forman un todo de extraña perfección: más allá de las palabras quedan las fotografías de Cartier-Bresson, instantes inolvidables sellados para siempre en la historia del arte.




Los 10 mandamientos de Henri Cartier-Bresson sobre fotografía.
  1. Cuidar la geometría y composición.
  2. Se paciente.
  3. Viaja.
  4. Elige (y quédate con) una lente.
  5. Tomar fotos de niños.
  6. Se discreto.
  7. Mira el mundo como un pintor.
  8. No recortes tus fotos.
  9. No te preocupes por el procesado.
  10. Esforzarse por lograr mejores imágenes.



Fuentes de información: Artículo de Miguel Canseco publicado en El Siglo de Torreón, IMDB, Memoriando Fotografía, Fotografía Hoy., 5 Documentales sobre fotógrafos, Estudio de Pascual.


Henri Cartier-Bresson - Biografia de una mirada from Claudio Paredes on Vimeo.


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Fata Morgana

Título original: Fata Morgana 
Dirección: Werner Herzog  
Guión: Werner Herzog
Música: Blind Faith, The Third Ear Band            
Fotografía: Jörg Schmidt-Reitwei 
Reparto: Eugen Des Montagnes, James William Gledhill, Wolfgang von Ungern-Sternberg
País de producción: R.F. de Alemania  
Año: 1971  
Duración: 74 min











Estructurada en tres partes (Creación, Paraíso y La era dorada) y rodada en el desierto del Sahara, esta es sin duda la película menos convencional del director alemán. Sin argumento ni guión determinado, Herzog nos regala una serie de imágenes, palabras y música que funcionan conjuntamente dando un resultado singular. La sensación resultante viene reforzada por una banda sonora con temas de Leonard Cohen, Mozart o la Third Ear Band. *1

Espejismos del creador solitario *2

Por Anna Petrus

Estaremos de acuerdo en que Werner Herzog es un caso aislado, un verdadero outsider, un cineasta con una trayectoria personalísima que no admite categoría alguna. Aunque en la década de los sesenta fue considerado por la crítica como uno de los cineastas fundamentales del llamado Nuevo Cine Alemán (junto a Wim Wenders, Rainer Werner Fassbinder o Volker Schlöndorff), con el paso de los años y el discurrir de sus obras, Herzog ha conseguido erigirse como una gran isla, como un creador extremadamente singular y con una sorprendente capacidad para entrelazar un poderoso imaginario ficticio con una experiencia más factual del mundo que a menudo ha concretado a través de sus viajes, a la manera como lo entendió el primer cineasta aventurero, Robert J. Flaherty.

Fata Morgana es el tercer largometraje del cineasta alemán y una película extremadamente compleja donde dibuja a la perfección esa dicotomía interna que caracterizará todo su cine, hasta Grizzly Man (2005) y Encuentros en el fin del mundo (Encounters at the end of the World, 2007) pasando por Fitzcarraldo (1982) y Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972). Una escisión que sitúa su cine en un lugar impreciso, un espacio donde se derriba cualquier atisbo de objetividad y donde, por supuesto, se vienen abajo todas las verdades socialmente aceptadas. El cine de Herzog es, sin duda, el cine del extrañamiento, donde lo más absurdo parece tener sentido mientras que lo más razonable parece no tener cabida. Donde lo imaginado es quizás lo verdadero mientras que lo que puede tocarse parece desvanecerse constantemente. De ahí que el título de la película que nos ocupa sea tan elocuente y preciso. Fata Morgana significa espejismo o efecto óptico que, debido a cambios térmicos extremos, permite ver a una ciudad o a un paisaje situado a miles de kilómetros como si fuera una ciudad fantasma, un paisaje construido sobre la niebla. Un imagen intangible, ¿real o imaginada?

Es quizás porque Herzog se crió aislado en las montañas de Baviera, y que solamente estuvo en contacto con la naturaleza, que a través del cine ha sabido plasmar el desarrollo extraordinario de su imaginación y, al mismo tiempo, el deseo de conocer nuevos territorios. Fata Morgana fue rodada en el Sáhara, aunque de hecho, sus películas le han llevado por todo el mundo: Nicaragua, Perú, la Antártida, y un largo etcétera, y se trata de una película que muestra una sensibilidad especial por saber situarse en el lugar del “otro”. Huyendo del miedo occidental hacia lo desconocido, Herzog acaba por erigir un cuento con el que critica el colonialismo como forma de destrucción y muerte de formas de vida ajenas, singulares y de indudable valor.

Dividida en tres partes, tituladas “La creación”, “El paraíso”, y “Tiempos Dorados”, Fata Morgana combina imágenes subyugantes de una naturaleza árida donde predomina el sentido de lo estético —muchas de ellas son espejismos que Herzog consiguió capturar con su cámara—, con una narración en voz en off que desgrana una (imaginaria) historia mítica del lugar, no exenta de referencias explícitas al Antiguo Testamento. Así las cosas, mientras en la primera parte se narra el principio de la creación de ese mundo imaginario, en la segunda parte se cuenta la llegada del hombre y sus misterios inexplicables, sus deseos de dominación y sus instintos de destrucción. La última parte, muestra la victoria de las formas de vida de los colonos y la desaparición de lo que caracterizaba el paraíso. Existe, en definitiva, un discurso que es claramente partidario de los sometidos, como en toda la filmografía de Herzog (repleta de personajes que son grandes perdedores, locos con propósitos inalcanzables, minorías con deseos imposibles). Así lo expresa la voz en off al decir: “En el paraíso, los hombres ya llegan muertos al mundo”.  De hecho, la primera imagen del film ya contiene esa desolación: Herzog repite hasta siete veces seguidas el plano de un avión aterrizando en el aeropuerto. Una vívida composición del sentimiento de invasión que necesariamente recorre todo el film puesto que la imagen no se constriñe a lo que en ella se ve si no que va más allá sirviendo a un propósito mayor. Un propósito que, sin duda, no se encuentra en otro lugar que en la imaginación del cineasta.

Fuentes de información: *1 Filmaffinity, *2 Artículo publicado en Miradas de Cine, IMDB.
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Ver en Youtube en V.O., con posibilidad de subtítulos en Castellano e Inglés.