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The Act of Killing

Título original: The Act of Killing
Director: Joshua Oppenheimer, Christine Cynn
Guión: Joshua Oppenheimer, Christine Cynn
Música: Karsten Fundal
Fotografía: Carlos Arango De Montis, Lars Skree
Intervienen: Haji Anif, Syamsul Arifin, Sakhyan Asmara, Anwar Congo, Jusuf Kalla, Herman Koto, Haji Marzuki, Safit Pardede, Ibrahim Sinik, Soaduon Siregar, Yapto Soerjosoemarno, Adi Zulkadry
Productora: Coproducción Dinamarca-Noruega-Reino Unido; Final Cut for Real / Arts and Humanities Research Council (AHRC) / Danmarks Radio (DR)
Productores: Signe Byrge Sørensen 
Productores ejecutivos: Joram ten Brink, Bjarte Mørner Tveit, Werner Herzog, Errol Morris
País de producción: Dinamarca 
Año: 2012
Duración: 159 min.
Web Oficial: http://theactofkilling.com/




El documental de Joshua Oppenheimer habla de la masacre indonesia de 1965 Suharto ordenó una persecución a comunistas que dejó un millón de muertos. La obra producida por Werner Herzog ha sido multipremiada.

Con un estilo visual que podríamos considerar loquísima mezcla entre Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar y Apichatpong Weerasethakul, y heredero de Werner Herzog -que produce la cinta-, Oppenheimer ha creado una magnífica obra documental que ha cosechado desde dicho estreno numerosos premios, incluyendo el Primer Premio y el Premio del Público de Documenta Madrid, y que aspira a ser el Searching for Sugar Man de esta temporada.

La premisa de la película es jugosa. En 1965, el gobierno indonesio del dictador Suharto llevó a cabo una persecución contra el comunismo que dejó un millón de muertos en el país asiático. Esas matanzas fueron perpetradas por mercenarios, por bandas de gánsteres sin inclinaciones ideológicas.*1


“Nos temen porque tenemos el poder de matar arbitrariamente. Un hombre comete un crimen, debería haberlo pensado mejor. Ordenamos matarle y nos sentimos bien. O le matamos nosotros y nos sentimos mejor. Pero eso no es poder. Es justicia, que es diferente del poder. Poder es cuando tenemos justificación para matar… y no lo hacemos”.



The Act of Killing es, en contenido, esta reflexión, una de las más poderosas de la historia del cine, repetida hasta la saciedad. Pero esto es solo el principio. El film está centrado en los responsables de las matanzas de Indonesia a mediados de los 60, quienes deciden recrear a petición de los responsables del documental sus asesinatos en una serie de películas donde participan familiares de las víctimas. Este escenario, que a servidor le parte la cintura porque nunca se ha encontrado algo así, plantea un viaje en dos partes: primero, explora el crimen sin arrepentimiento, sin complejos, sin dudas y sin temores. Habla del poder absoluto. Pero después –y aquí llega una parte aún más fascinante– explora cómo el cine es capaz de transformar al individuo. “Tus crímenes”, dice, “no son crímenes hasta que los ves reproducidos en una pantalla, ficcionalizados. Es en ese momento cuando te sientes culpable”. Y en ambas mitades supera con creces todo lo que he visto en este año y solo un milagro impediría que se convirtiera en lo mejor que voy a ver en 2013. Extraordinaria, sin paliativos.

Lo cierto es que su director, Joshua Oppenheimer, se encontró con el tema por casualidad. Una investigación de crímenes de guerra en Indonesia durante los años 60 se convirtió, inesperadamente –y bajo las recomendaciones de las víctimas– en un estudio de las bandas de gángsters (o, como ellos se definen, “los hombres libres”) que han aterrorizado a la población durante los últimos 40 años. Todos ellos han ignorado las amenazas de la comunidad internacional, y muestran constantemente a lo largo del documental su orgullo por haber participado en las numerosas purgas contra el enemigo comunista –largo tiempo aniquilado (ver El Año que Vivimos Peligrosamente), y que desde entonces se ha convertido en una suerte de excusa para prolongar su dominio–.


The Act of Killing abraza sin prejuicios esta parte de realidad (digo “esta parte” porque algunos expertos políticos en Indonesia han tachado esta pieza de “tan poderosa como descaradamente manipuladora”, tema que abordamos en un momento). Los protagonistas son un estrambótico dúo, Anwar Congo (padre fundador de las milicias de ultraderecha Pemuda Pancasila) y su compadre, Herman Koto. Llevados por su afán de protagonismo, ambos deciden recrear para Oppenheimer los asesinatos de los que formaron parte. Pasean por las calles en uniformes paramilitares de brillante camuflaje anaranjado reclutando a residentes atemorizados, muchos de los cuales se niegan a intervenir. Ambos deciden representar sus crímenes ante la cámara, contando con la ayuda obligada de hijos o hijas de las víctimas reales. The Act of Killing es, al mismo tiempo y en sus momentos más poderosos, el “acto” de matar y es “la actuación” de matar. Vemos a uno de los actores bromeando con Anwar y su compadre, los mismos que mataron al padre del “actor” hace 40 años. No hay ni rastro de incomodidad entre los asesinos. Ni culpa, ni dudas, ni complejos. La víctima es más que eso, si es posible: ha terminado aparcando su dignidad  y su capacidad de respuesta humana por puro terror. Su sumisión es completa.

Estos momentos evocan una sensación de repulsión por motivos iba a decir extraños pero la verdad es que sé de dónde salen y salen de un lugar bastante repugnante. Veo en Anwar y en Koto la alegría del poder sin medida. La ausencia de remordimientos y “moralidad”. Comprendo la existencia de seres humanos que justifican, defienden y reviven el genocidio. Mi mente de señorito me hace regates. The Act of Killing llama a mis instintos más bajos. Presenta un contexto, la Indonesia contemporánea, dominado por la impunidad, donde los gángsters caminan libres, desdeñan el Derecho Internacional, se cagan virtualmente en los principios de la justicia social y no solo no son castigados, sino que son objeto de sumisión por parte de las víctimas, de admiración por sus superiores (varios funcionarios y periodistas defienden la actuación de estos individuos) y viven como reyes. Y la cámara de Oppenheimer aguanta en todo momento.*2 




Fuentes de información: Film Affinity, *1 RTVE, *2 Artículo completo por Rafa Martín en Las Horas Perdidas, Películas HD Latino.

The Thin Blue Line


Director: Errol Morris
Producción: Brad Fuller, David Hohmann, Lindsay Law, Mark Lipson, Gary McDonald 
Guión: Errol Morris
Fotografía: Robert Chappell, Stefan Czapsky
Edición: Paul Barnes
Intervienen: Randall Adams, David Harris
Música: Philip Glass
Distribución: Miramax Films  
Año: 1988
País de producción: E.E.U.U.
Idioma: Inglés con subtítulos en castellano.
Duración:  103 min.










"The Thin Blue Line, se basa firmemente en las convenciones de la entrevista con todas sus afinidades con la confesión, pero también dirige la atención del espectador hacia las tensiones que surgen cuando una declaración se contradice con otra. El director Errol Morris hace hincapié hasta tal punto en estas contradicciones que la apelación al testimonio como un índice de «lo que ocurrió en realidad» cae de lleno en las redes de una liturgia de afirmaciones de autojustificación mutuamente contradictorias. Sin embargo, ninguno de los personajes puede, por definición, compartir este patrón general. Y en el caso del protagonista, Randall Adams, que cumple cadena perpetua por el asesinato de un agente de policía que él jura que no cometió, la propia noción de un patrón semejante amenaza con atrapar sus propias declaraciones de inocencia dentro de un barboteo de afirmaciones cuestionables y enfrentadas. Morris dramatiza la búsqueda de pruebas y subraya lo incierto de las existentes. Nos recuerda qué todo documental elabora los puntos de referencia probatorios que necesita devolviéndonos, una y otra vez, al lugar de los hechos por medio de una reconstrucción que destaca aspectos sugerentes, evocadores pero tam~ bien completamente cuestionables del evento (como un batido que surca el aire en cámara lenta o las luces traseras de un coche mantenidas en primer plano mientras la identidad del asesino sigue siendo del todo incierta). Aunque es realista en muchos aspectos, esta película bloquea el supuesto «natural», durante mucho tiempo indiscutido, de la correspondencia directa entre el realismo y la autenticidad dejas, afirmaciones acerca del mundo."

Bill Nichols .- La representación de la realidad: cuestiones y conceptos sobre el documental.- "Modalidades documentales de representación " (Pág. 94).



Documental Social – The Thin Blue Line de Errol Morris


Errol Morris nos presenta en este documental un nuevo género o estilo que es un Film Noir documental. En ella utiliza elementos de ficción combinado con el documental que resulta en un nuevo estilo. Randall Adams y David Harris son posibles culpables del asesinato de un policía. El caso está cerrado, Randall está en la cárcel. En los testimonios de la película se culpan uno al otro, pero ¿quién está diciendo la verdad?

Este documental utiliza varios recursos para lograr sus objetivos. Primero utiliza entrevistas, que son muy importantes porque la historia se cuenta a través´de estos testimonios. Es por eso que Morris tiene una técnica para entrevistar en la que no conoce al entrevistado para que no haya prejuicios.

Otro recurso importante y efectivo son los reenactments. Formalmente es como un programa. Estos se enfocan en detalles, cosas, objetos que funcionan como un recuerdo visual que va de la mano con el momento del que se está dando testimonio. Por ejemplo, si el entrevistado dice, estaba fumando, la primera imagen que viene de ese recuerdo probablemente no es un full shot de esa persona fumando, sino el cenicero. Durante el reenactment evita mostrar las caras. Esto es muy efectivo porque no hay distanciamiento de si se parecen o no los actores. Los reenactments cambian con cada testimonio. También funcionan porque dan veracidad, están hechos como ficción, tienen una buena foto y es buen material visual para intercortar a las entrevistas. La única toma que me salta es una foto de una pistola que gira, la hubieran filmado, ya que sale del discurso. Una ventaja o desventaja es que se nota que hay un gran presupuesto detrás.

La estructura es casi de ficción. Se vuelve muy dramática porque los entrevistados y testigos se contradicen, provocando constantes contrapuntos. La película no es didáctica, no empieza con un argumento, el espectador lo va concluyendo. Va cambiando el punto de vista del espectador, pasa de culpar uno a culpar al otro. El espectador va viendo la película como un investigador o detective que va descubriendo la verdad.

Las voces principales son Randall Adams y David Harris. Randall actúa, sabe que se tiene que presentar de una forma. Es agradable a la cámara, pero también está resentido, ya que estaba sentenciado a muerte. David se muestra carismático. Es muy listo y cuida lo que dice. Es un personaje que no horroriza, por lo que es más impactante que sea el culpable. Cuando confiesa en la grabación, no lo hace directamente, lo dice dándole vueltas. La película no nos muestra más porqués sobre la relación entre los dos, ya que se vuelve un poco extraño su episodio, sin embargo, el género que maneja, Film Noir, el principal objetivo es resolver el misterio del crimen, por lo que no sale de su discurso.

El documental nos refleja que un sistema judicial no puede ser perfecto. Es por eso que al ayudar la película a salir a Randall de la cárcel, se volvió un activista en contra de la pena de muerte. *2


Fuentes de información: *1 Fama2, *2 El Documental y yo, por Raquel Peralta, Wikipedia.


Mr. Death - The Rise and Fall of Fred A. Leuchter, Jr.

Título original: Mr. Death: The Rise and Fall of Fred A. Leuchter, Jr.
Dirección: Errol Morris
Producción: Dorothy Aufiero, David Collins, Errol Morris, Michael Williams
Intervien: Fred A. Leuchter, David Irving, Ernst Zündel
Musica: Caleb Sampson
fotografía: Peter Donahue
Montaje: Karen Schmeer
Distribución: Lions Gate Films
Idioma: Inglés con subtítulos en castellano.
País de producción: USA
Año: 1999 
Duración: 91 min.












Domadores de leones, dueños de cementerios de mascotas, condenados a muerte, diseñadores de robots, el mismísimo Stephen Hawking... Los personajes predilectos del documentalista estadounidense Errol Morris nunca son menos que excéntricos, hombres y mujeres fuera de norma, cada uno excepcional a su manera y a los que su cámara examina cuidadosamente, sin prejuicios, pero también sin miramientos. A esa peculiar colección de la fauna humana Morris ahora acaba de sumar su presa más bizarra, Fred A. Leuchter Jr., un ingeniero norteamericano especializado en la construcción y reparación de sillas eléctricas, horcas y cámaras de gas, que también cobró triste notoriedad como uno de los defensores de la teoría de la inexistencia del Holocausto. A este monstruo con aspecto de beatífico vendedor de electrodomésticos, Morris le dedicó su nueva película, Mr. Death: The Rise and Fall of Fred A. Leuchter Jr., que ya provocó arduas polémicas cuando se presentó en enero en el Festival de Sundance y que hace unos días se convirtió en uno de los puntos más altos de la Berlinale 2000.

Viendo la película, parece difícil coincidir con Mark Singer, un colega de Morris (su documental Dark Days fue otra de las sensaciones del último Sundance), que en un artículo de la revista The New Yorker se preguntaba si Mr. Death no podía provocar cierta simpatía por un personaje tan siniestro como Leuchter. Es verdad que el film de Morris no se preocupa por demonizar a su protagonista, pero realmente no necesita hacerlo. Simplemente con dejar que el entrevistado cuente la historia de su vida y lo que él considera que son sus más altos logros científicos, Mr. Death... se convierte en un film que va mucho más allá del mero reportaje y que, poco a poco, gracias a la inteligentísima construcción de su relato, termina siendo una reveladora reflexión sobre lo que la ensayista alemana Hanna Arendt (en relación con el juicio a Adolf Eichmann) llamaba "la banalidad del Mal".

A primera vista, se diría que el señor Leuchter es un pequeño hombre común, un técnico como cualquier otro, dedicado a conciencia a perfeccionar el trabajo que ama, que resulta ser nada menos que el de proporcionar la muerte más rápida y eficaz a un condenado. Hijo de un guardia de prisión, ya de chico Leuchter solía jugar en la cámara de la muerte, alrededor de la temida silla eléctrica, lo que le permitió comprobar --según sus propias palabras-- "que a veces la carne se quemaba demasiado". Fue así como ya de grande dedicó todos sus esfuerzos a construir una silla que hiciera de la ejecución un acto "más humano" (sic). Con el orgullo de quien considera que lo que han fabricado sus propias manos es de la mejor calidad, Leuchter invita a Morris a ingresar a su laboratorio (convenientemente ubicado en el sótano de su casa) donde exhibe la vieja silla eléctrica de la penitenciaría de Delaware y las sensibles mejoras que le introdujo a ésta y a otros modelos similares, realizados por simples aficionados o incluso por los propios convictos.

El mismo Morris confiesa que él fue el primer sorprendido cuando su fama fue creciendo y empezó a ser convocado por otros estados, donde la pena de muerte se efectuaba con diversos métodos (la cámara de gas, la horca), que él no conocía, pero que se dedicó a estudiar y por supuesto también a perfeccionar. Su máximo logro fue la "máquina de inyección letal", diseñada a la manera del sillón de un dentista, en la que el condenado podía ver televisión o escuchar su música predilecta mientras el veneno iba haciendo efecto.

Fumador empedernido y cafeinómano impenitente (100 cigarrillos y 40 tazas de café por día), Mr. Leuchter pasó paradójicamente del apogeo al descrédito y la vergüenza pública cuando en 1988 se convirtió en una suerte de asesor científico de Ernst Züdel, un canadiense enjuiciado por ser uno de los más tenaces negadores de la existencia del Holocausto. Contratado por Züdel y convencido de ser el único auténtico especialista en su área, Leuchter viajó --¡en su luna de miel!-- a los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, de donde extrajo clandestinamente (mientras su flamante mujer oficiaba de campana) fragmentos de los muros de las cámaras de gas, con la intención de probar "científicamente" la inexistencia de restos de cianuro.

 El "Leuchter Report" lo hizo tan célebre entre las tropas neonazis como impopular para el resto del mundo, incluso para aquellos mismos funcionarios del sistema penitenciario de Estados Unidos para los que Leuchter anteriormente había perfeccionado a satisfacción sus cámaras de la muerte. Aislado, sin trabajo, reconocido solamente por esos mitines neonazis en los que recibe el aplauso de la platea leyendo sus conclusiones "científicas", Leuchter no tardó en ganarse el divorcio de su esposa (de quien en el film se escucha sólo su triste voz en off) y el repudio de una sociedad que, irónicamente, hasta poco tiempo antes le había pagado por hacerse cargo del trabajo sucio.

Nada de esto, sin embargo, parece haber minado la confianza en sí mismo de Leuchter, que sigue creyendo que su especialidad está por encima de los juicios políticos y morales y que al final del film se lamenta --con una sonrisa que no oculta su desilusión-- de que ya nadie quiera comprarle sus sillas eléctricas, por un precio que a él le parece módico para la incuestionable eficacia y calidad del producto.

Trailer:



Fuentes de información: Artículo de Luciano Monteagudo para Página 12, Wikipedia, Documaniático, Patio de Butacas (info y descarga directa).