Nunca antes exhibido en México, el documental
México, la revolución congelada,
realizado en 1970 por el cineasta argentino Raymundo Gleyzer
secuestrado y desaparecido por la dictadura de su país en 1976,
arranca con imágenes de la parafernalia priísta en la campaña
presidencial del que fue poderoso secretario de Gobernación, Luis
Echeverría. En el periodo que va entre las matanzas de Tlatelolco (1968)
y del jueves de Corpus (1971), registra la decadencia de la "revolución
institucional" del PRI en su quinta década de poder, recorre el
empobrecido sureste mexicano y concluye con el sello de sangre del 2 de
octubre de 1968.
La película, alentada por Echeverría, quien se
había sentido halagado por el interés de ese equipo de "televisión
alemana" que se le acercó cuando intentaba recomponer su deteriorada
imagen internacional, se estrenó en Buenos Aires en 1971. El impacto del
documental alcanzó las páginas de los diarios porteños. Aquellas
imágenes de los caídos el 2 de octubre "cuando en una sola tarde el
gobierno mexicano mandó matar 400 estudiantes"; las historias de los
modernos esclavos de las haciendas henequeneras, de una CTM gangsteril,
nunca habían sido exhibidas en ese contexto en Sudamérica. No era el
elogio a la "revolución hecha institución" que el régimen mexicano
esperaba; era la feroz crítica a un ideal traicionado.
El filme
enfureció a Echeverría, que mediante su embajador en Buenos Aires exigió
y consiguió que se prohibiera el documental. La obra de Raymundo
Gleyzer sólo duró un día en cartelera. Enlatado desde entonces, este
miércoles 13 de febrero 36 años después sale de la congeladora para
llegar a las salas comerciales que albergan la Gira de Documentales 2007
Ambulante.
Gleyzer, cineasta militante, reconocido por las nuevas generaciones de realizadores como "el padre del cine
piquetero",
fue en su fructífera etapa frente a las cámaras, el impulsor del
documental entendido como "un arma para la revolución socialista". Hoy,
la gente de cine en Argentina celebra en su honor el Día del
Documentalista el 27 de mayo, fecha de su secuestro.
Persona non grata
En México, en su momento, Echeverría lo declaró persona
non grata.
Pero
hoy, su viuda Juana Sapire, que laboró como asistente y sonidista en
muchas de sus producciones, está en México promoviendo el documental
prohibido. "Porque gente como Raymundo muere, pero no desaparece; él
está aquí nuevamente, a la orden".
En entrevista con
La Jornada, Juana recuerda el estupor del equipo que hizo
México, la revolución congelada
cuando conoció la prohibición de su obra: "Raymundo quería saber por
qué. Se fue a ver al consejero de la embajada mexicana, quien
textualmente le dijo: todo lo que se dice en la película es verídico y
cierto. Lo que pasa es que hace que México se vea mal".
Inicios de
los 70. En América Latina cineastas como el brasileño Glauber Rocha, el
chileno Miguel Littin, el boliviano Jorge Sanjinés y el cubano Santiago
Alvarez se debatían entre hacer cine o hacer la revolución. En
Argentina, Fernando Solanas había hecho, desde la perspectiva peronista,
La hora de los hornos. Gleyzer quería dar un contrapeso desde otro punto de vista político.
En México eran tiempos de persecución y cárcel para la izquierda; umbrales de la
guerra sucia;
bancarrota, censura y autocensura para los creadores independientes. No
se podía filmar sin permiso y vigilancia del gobierno. Leobardo López,
director de
El Grito, Oscar Meléndez, Felipe Cazals, Julio Priego grababan, pero no verían sus producciones sino años después.
El cineasta mexicano Paul Leduc, que entonces era un jovencito, hizo para el equipo argentino de productor,
fixer,
asesor y chofer. En Nueva York tenían un superproductor y protector,
William Susman, también hombre de cine y todo un personaje, combatiente
de la Brigada Lincoln que peleó por la República Española contra
Francisco Franco.
Cuenta Juana Sapire: "Raymundo, que tenía 29
años apenas, invitó como camarógrafo para su proyecto a su maestro, la
mejor cámara que había entonces en Argentina, Humberto
El Negro Ríos. Su esposa María Vera, antropóloga, hizo la investigación. Yo hacía el sonido y Paul los contactos. Ese era nuestro
staff".
Joven
carismático y de ojo claro, Gleyzer encantó a Echeverría. El futuro
presidente le dio todas las facilidades para grabar y descubrir el
revés de la trama sus aparatosas giras de campaña, le cedió un sitio a
su lado en su autobús e inclusive le prestó un helicóptero. Pero el
equipo de Gleyzer, que poco después se incorporaría en su país como
"brazo propagandístico y cultural" del Ejército Revolucionario del
Pueblo Argentino, y fundaría el grupo Cine de la Base, tenía otro guión
en mente. Muy otro, de hecho.
El pensamiento guevarista
Registró
la campaña de un partido, el PRI, que detentaba "la ideología de la
pancarta"; grabó el último primero de mayo de Gustavo Díaz Ordaz
presidiendo el "desfile obrero" rigurosamente vigilado desde su balcón.
Obtuvo una entrevista con el inefable Fidel Velázquez, a quien llama
"traidor y gangsteril". Saca en pantalla al líder del PPS, Jorge
Cruickshank, quien, con todo y patillas, justifica su adhesión "táctica"
a la candidatura del hombre que ordenó la matanza de Tlatelolco en aras
de avanzar "hacia el socialismo". Todo ello con el trasfondo de un
guión leído por una voz en
off del más puro corte guevarista.
El documental
La revolución congelada
es un típico producto de las izquierdas de los 70, panfletario,
apasionado, no tan riguroso con los datos históricos. Habla de la
"atomización" de la izquierda mexicana pero no menciona que en ese
México sus organizaciones estaban proscritas y casi todos sus líderes
estaban en prisión.
Después del repaso de la revolución mexicana,
la película llega, al volante de un viejo auto que conduce el joven
Leduc, al sureste mexicano. Años después, Leduc sería uno de los
exponentes del cine independiente, con
Mezquital;
Reed: México Insurgente;
Historias prohibidas de Pulgarcito y
Frida, naturaleza viva.
El
viaje al sureste es un momento luminoso en el documental. El equipo
filma la mano de obra semiesclava de las haciendas yucatecas, que habla
de su vida cotidiana. En una mansión del Paseo Montejo, en Mérida, una
hacendada de casta divina se lamenta del declive de las plantaciones.
"(Lázaro) Cárdenas trajo el mal a Yucatán", dice la oligarca que "sólo"
posee 14 haciendas, de las más de 30 que alguna vez tuvo su familia.
"¿Y que tal sus trabajadores?", pregunta Gleyzer en
off.
"Algo
flojitos", responde la señora mientras se mece en su silla, ajena al
destino que tienen sus palabras. "Ahí les pagamos para que no se mueran
de hambre".
El equipo llega al entonces remoto San Juan Chamula,
el sincretismo tzotzil, la escuelita bilingüe, el racismo y la demagogia
del gobernador chiapaneco en turno.
Hoy, en Argentina, la figura de Gleyzer está plenamente reivindicada, sobre todo a partir del documental
Raymundo,
filmado en 2002 por Virna Molina y Ernesto Ardito. "Sí, ha sido
reivindicado", admite Juana Sapire, pero acota: "no es suficiente poner
una placa con su nombre en alguna sala si sus películas no se exhiben y
circulan, si nadie quiere invertir en la preservación de su obra. Ahora
yo tengo todo, las cintas, los documentos, las fotos. ¿Y cuando yo me
muera? Andá a cantarle a Gardel..."
*2
Fuentes de información: ArditoDocumental (entrevista de 1970 a R.Gleyzer),
Cinenacional,
*2 México, la revolución congelada se estrena con 36 años de retraso por Blanche Petrich (La Jornada, 10-02-2007)