domingo, 4 de noviembre de 2012

Man on Wire

Título: Man on Wire
Dirección: James Marsh
Producción: Simon Chinn
Música: Josh Ralph (títulos), Michael Nyman
Fotografía: Igor Martinovic
Montaje: Jinx Godfrey
Intervienen: Philippe Petit
País de producción: Reino Unido
Año: 2008
Género: Documental
Duración: 90 minutos














Por Javier Moral

En sus orígenes, los documentales eran auténticos registros de realidad que funcionaban como testigos históricos de formas de vida y de grandes acontecimientos, o como elementos adoctrinadores y de propaganda. Con el tiempo, su utilidad se ha ido abriendo a nuevos terrenos y la funcionalidad ha variado, desde la protesta reivindicativa por el descubrimiento de escándalos públicos, al engrandecimiento y la loa de hazañas cuasi anónimas, como la que aquí nos toca. 

James Marsh se estrena en el género documental con Man on Wire, tras haber filmado sólo una película con anterioridad. Aún siendo un principiante del medio cinematográfico, Marsh logra una factura decente con algunas deficiencias, sobre una historia de superación personal, mezclando con criterio la veracidad de las imágenes de archivo con reconstrucciones armadas mediante técnicas y recursos propios de la ficción, pues, es apreciable una estructura narrativa completa con introducción, nudo y desenlace.

El 7 de agosto de 1974, Philippe Petit pasó de ser un artista circense de barrio parisino a ocupar las portadas de los tabloides de medio mundo, al atreverse a cruzar los sesenta metros que separaban las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York haciendo equilibrios sobre un alambre. El propio Petit y su equipo narran el episodio como si de un film de suspense se tratara, repasan la larga lista de incidentes que pudieron dar al traste con el plan, creando una tensión falsa, aunque suficiente, sobre un acontecimiento que sabemos exitoso. 

Y es que, más que en la machada de Petit, el interés de la cinta recae sobre la planificación y la ejecución de una misión en la que se debía salvar la seguridad de una de las zonas con mayor vigilancia del planeta. Sabemos que una caída desde la cuerda no va a ocurrir. Es algo tan imposible como se nos presenta, en un principio, la infiltración en los edificios. Más adelante y lejos de todas las dificultades que se comentan, contemplamos cómo la aventura fue más parecida a una visita guiada que a una misión de riesgo. Al margen de la ausencia de obstáculos físicos, el principal problema residió en las inseguridades y miedos de un equipo no muy convencido. Tan sólo la caída del cable desde la azotea de las torres en la madrugada previa al evento, supuso la ruptura de una racha de fortuna que parecía inagotable. En lugar de aprovechar el imprevisto como instrumento dramático, Marsh lo resuelve milagrosamente, a matacaballo y sin justificaciones de ningún tipo. La suerte de que todo les saliera a la primera y de que los contactos clave que les sirvieron de apoyo les llovieran en abundancia, provoca la comparación de hilo argumental del documental, sin merecerlo demasiado, con el de un thriller barato y mediocre.

Ya en los primeros minutos de metraje, se había echado en falta una breve biografía cronológica de la experiencia de Petit -o las motivaciones que le movieron a una idea tan delirante-, del que apenas conocemos su pasión por el funambulismo. Tan sólo un ejemplo: el espectáculo sobre la catedral de Notre Dame. La ausencia de antecedentes (por poco impresionantes que fueran) con los que poder comparar la bravuconada de Nueva York, no la convierten en gesta incomparable, sino que reducen la grandeza de un hecho no medible por el ajeno a los números de circo. Del mismo modo, se acusa un vacío de información en la presentación de los miembros del equipo, confundibles entre sí al presentar el mismo corte de hippie trasnochado de comuna francesa de la época. Esta agrupación de melenudos se desvive moviendo cielo y mar para servir a un líder que se olvidará de ellos en cuanto logre su objetivo. He ahí el precio de la fama; para uno significa un sueño que llega a ser real; para otros, la amargura de un súbito e incómodo despertar.


No todo en Man on Wire van a ser reproches para Marsh, pero sí mala pata por su parte. Detrás de cada imagen de archivo se aprecia un duro trabajo de campo y las reconstrucciones simuladas permiten revivir una bella historia que vale la pena mirar. Pero, en el colmo del gafe para el director, la exhibición de tres cuartos de hora sobre el alambre entre las Torres Gemelas, carece de documentos filmados, ofreciendo para su acreditación una chapucera selección de diapositivas, tan escasa que incluso repite instantáneas. Debió de sentirse Marsh incapaz de engendrar interés, aún de un reclamo tan atractivo, pues cedió la completa narración de la proeza a las bocas de los protagonistas, que se dedican a refugiarse en la nostalgia de un recuerdo borroso. Sólo el dicharachero y guasón Petit, reciclado en un auténtico actor del método, cuenta con ganas una aventura de la que fue el exclusivo beneficiario. La nula explicitud documental de lo contado es compensada por la emotividad que desprenden las lágrimas de algunos testimonios, siendo imposible averiguar el sentimiento real que las provocan.

Una interesante discusión ética emana de una obra que rememora una afrenta a la superprotección estadounidense, a una sociedad hoy sumida en la cultura del miedo. Así, en el film se reflejan las dudas de un equipo que cree probable una condena por suicidio asistido. Petit fue arrestado por poner en peligro su propia vida, pero la pena posterior fue tan ridícula que cuestiona una jurisdicción extremadamente conservadora en lo que concierne a un asunto tan delicado como el del libre albedrío. La violación de la seguridad del World Trade Center supuso la puesta en evidencia de un sistema protector que presumía de ser el primero del mundo; un atentado contra el orden público en el lugar menos comprensivo y más desconfiado hacia todo aquello que huela a amenaza. Hoy, es particularmente curioso que Petit sea el que siga con vida en detrimento del complejo americano de los negocios, que veintiséis años después, vio, y esta vez sin bromas, vulnerado su infranqueable control sobre los peligros exteriores. Agradezcamos que el film no se venda haciendo escarnio de ello.

Del final amargo que ya hemos citado, en el que el héroe -del que no se sabía si buscaba la fama o simplemente superarse a sí mismo- triunfa, se desprende una enseñanza natural, la del egoísmo del victorioso que olvida amistades fieles y amores verdaderos. No nos consta cuánto tiempo le duró a Petit su particular cuento de hadas, pero sí tenemos una pista (desalentadora, por cierto): la peripecia ha necesitado una película comercial para desempolvarla tras un cuarto de siglo en los archivadores.

Fuentes de información: Wikipedia, Artículo de Javier Moral, públicado en El Espectador Imaginario,



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